Maó, un puerto abierto al mundo

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Fiordo natural, gran ría, largo brazo de mar que se abre y prolonga hacia el interior de Menorca, espaciosa bahía mahonesa. Son algunos de los calificativos que transmiten la sensación de espacio, amplitud y belleza natural del puerto de Maó.

Con un recorrido que supera los cinco kilómetros desde la bocana –que se abre entre La Mola y San Felipe– hasta la Colàrsega, este accidente natural ha protagonizado los hechos más relevantes de la historia de Menorca. También ha sido la gran puerta abierta hacia la modernidad y el progreso.

A Maó debe llegarse por mar, tal como sabe y recomienda acertadamente Baltasar Porcel, porque constituye la mejor forma para conocer un puerto que identifica a la ciudad y define a la isla. El brillo plateado y fosforescente de estas aguas profundas se trunca al paso cadencioso del barco. La historia de Menorca y la evolución de la ciudad de Maó no se entienden sin comprender primero cuál es el significado de su puerto.

La progresiva importancia que adquirió la rada mahonesa durante el XVIII, el siglo más internacional para Menorca, ora británica, ora francesa, ora española, motivó que la isla fuera denominada en los documentos oficiales e identificada en los mapas de la época como Port Mahó, la parte por el todo; una sinécdoque reveladora de la repercusión que llegó a alcanzar en su época de mayor esplendor.

Este gran puerto ha irradiado su poderosa influencia en la comarca del levante menorquín y, por ende, en toda la balear menor. Su excepcional configuración lo convierten en refugio seguro para cualquier embarcación, pero cuenta con su particular talón de Aquiles: la bocana, que se transforma en un lugar de gran riesgo para la navegación cuando se cruzan las rachas atemporaladas de la tramontana con el viento de levante.

Un paseo en barca, sin prisas, es un placer para los sentidos y constituye la mejor forma para conocer los muchos secretos que esconde el gran fiordo menorquín, el punto más oriental de la Península Ibérica, cruce de rutas entre el sur de Francia, Italia, el norte de África y el levante de España.

Iniciamos nuestro recorrido en la Colàrsega, donde el mar se ha cansado de adentrarse en tierras menorquinas. A la derecha observamos el Passeig de l’Albareda, conocido como S’Hort Nou, donde subsisten las primeras expresiones de la arquitectura de ocio, con edificaciones fechadas el 1785, durante el periodo español entre la segunda y tercera dominación británica de la Isla.

Nuestro paseo por las aguas mansas del puerto de Maó nos conduce ahora a la Isla del Rey, denominada también del Hospital, situada en la zona de mayor anchura. Frente a esta isla, con tantas denominaciones y avatares, en la ribera norte del puerto avizoramos la finca de San Antoni, con un espléndido casat de senyor, que llama la atención por su inspiración palatina y su fachada en rojo.

Ya enfilamos la bocana del puerto y navegamos a escasa distancia de la isla del Lazareto, que antes era península.  Desde aquí se vislumbraba el horizonte de la bocana del puerto mahonés, hoy vigilado por los edificios militares de La Mola, un monumento excepcional que exige una tranquila visita a pie para descubrir la grandeza y espectacularidad de esta fortaleza.

Josep Pons | Periodista

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