Ronda, ciudad de leyenda

Brújula  /   /  By Comunicacion

Pocos lugares igualan el impresionante patrimonio histórico que alberga Ronda en su casco viejo. Solo hay que cruzar el Puente Nuevo, que salva la espectacular garganta excavada por el río Guadalevín, y descubrirlo. Cada esquina, cada rincón, cada palacio, guarda una grata sorpresa para el viajero.

El mito romántico pervive en Ronda. La ciudad está embadurnada por recuerdos y sensaciones que retrotraen a la memoria siglos pasados, que no cejan en rememorar viejas leyendas de amores imposibles, bandoleros insaciables y contiendas entre caballeros de oscuras capas. Parte de aquel tiempo queda latente muy cerca del majestuoso mirador de las exclamaciones, frente al paseo de Blas Infante, donde se halla una de las plazas de toros más antiguas de España, construida entre 1780 y 1785.

Puente árabe

La ciudad sigue emanando leyendas en el Barrio Viejo, que ha quedado como una metáfora de un tiempo irrecuperable. A él se accede por el Puente Nuevo. Una de las obras civiles más brillantes que se acometieron en la segunda mitad del siglo XVIII, que salva un precipicio de noventa y seis metros. Por debajo se sume en la violencia el río Guadalevín, “el río de la leche”, como lo llamaban en época musulmana. Desde el puente la sensación de vértigo es  inevitable. Toda persona que se asoma a sus balcones mira con cuidado, sujetando sus manos fuertemente a la reja de hierro oxidada por el tiempo. A un lado, está el paisaje cerrado en la lejanía por las sierras de las Nieves y Grazalema. Y a al otro, el caserío blanco encaramado al tajo rocoso.

Cauce arriba queda el Puente Viejo y el Puente Árabe, testigos de los episodios más notables de la historia de Ronda. Junto al primero se encuentra la coqueta iglesia del Padre Jesús y la Fuente de los Ocho Caños, del siglo XVIII. Junto al segundo se ubica un conjunto de baños árabes, que pasa por ser el mejor conservado de la península. En el interior, acariciado por los haces de luz que se cuelan por el techo, el viajero puede imaginar el ambiente sosegado que antaño se respiraba en el lugar.

Baños árabes

A partir de aquí, junto a los baños árabes, los severos barrancos empiezan a conformarse al tiempo que las casas señoriales se amoldan como mejor pueden a la dureza del territorio. La puerta de Felipe V, acomodada a la línea que marca la ruda muralla árabe, dio acceso a una de las barriadas más aristócratas de Ronda. Hoy la estilizada puerta ve pasar numerosos turistas que buscan descubrir los entresijos de un emplazamiento legendario. Mediante la  empinada calle del Marqués de Salvatierra se llega hasta el palacio del mismo nombre; un edificio notable del siglo XVIII en cuya fachada renacentista se puede ver un sol del Perú y cuatro curiosas figurillas incas que sostienen un frontón triangular.

El Barrio Viejo está vertebrado por la calle Armiñan, que  comunica el arrabal de San Miguel con el Puente Nuevo. A ambos lados de la calle se levantan casas solariegas que aún hoy habitan los herederos de la aristocracia malagueña. Entre ellas sobresale el Alminar de San Sebastián, el único testigo que queda de una antigua mezquita andalusí. La emblemática calle está salpicada de tiendas de antigüedades, en su mayoría regentadas por la familia gitana de los Muñoz; los hombres están al frente del negocio, son veteranos tratantes de arte y maestros de la conversación reposada.

Puerta de Felipe V

Por Armiñan, en dirección al arrabal de San Miguel, se llega a la iglesia del Espíritu Santo, uno de los primeros templos que se erigieron cuando se estableció el reinado cristiano. A su vera, una sosegada placita suele albergar durante las horas centrales del día a los jubilados de la zona. La calle del Espíritu Santo, junto a la iglesia del mismo nombre, desciende en suave cuesta hasta las puertas de Almocabar y Carlos V.

Para adquirir un recuerdo de este recorrido monumental, junto al Puente Nuevo están ubicadas las mejores tiendas donde encontrar la preciosa cerámica rondeña. Aunque qué mejor recuerdo que la estampa del tajo con las casas enjalbegadas, apretadas una contra otra, en un aparente equilibrio para no caer por el precipicio.

Lucas Vallecillos | Fotoperiodista

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