La Garrotxa, caminando sobre volcanes

Por Andrés Campos


La-Garrotxa-principal

Extraordinario, de una belleza difícil de creer, el parque natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, en Girona, es el paisaje volcánico de la península ibérica más joven y mejor conservado, con 20 coladas de lava y 40 cráteres casi intactos.

Tres lugares no muy distantes delimitan este espacio telúrico: Olot, la capital de la comarca de la 
Garrotxa (Girona), en cuyo casco urbano se alza el volcán de Montsacopa, además del Casal dels Volcans, casa modernista que sirve como museo y centro de interpretación del parque; Castellfollit de la Roca, población erigida sobre una colada de lava que forma un precipicio de columnas basálticas, como un órgano de viento de gigantes, sobre el río Fluvià; y Santa Pau, monumento histórico-artístico, con su muralla medieval, su castillo y su plaza porticada.

A cuatro kilómetros de Olot, camino de Santa Pau, se halla el área de Can Serra, dotada con centro de información y gran aparcamiento. Aquí nace el itinerario pedestre número 1, el más completo del parque: una ruta circular de 11 kilómetros (de cuatro a cinco horas de duración) que recorre los bosques y volcanes más llamativos.

 

Catellfollit de la Roca, pueblo sobre una colada
 

El camino comienza atravesando la Fageda d’en Jordà, un hayedo excepcional por su belleza y su rareza: está a solo 550 metros de altitud y sobre llano, cuando lo normal es que las hayas medren entre los 1.000 y 1.700 metros, y en terrenos más bien empinados. La elevada pluviometría de la zona —1.000 litros anuales— explica la existencia de esta extraña joya.

A 3,5 kilómetros del inicio, el camino cruza el collado de Can Batlle, entre los volcanes del Puig de la Costa y del Torrent; acaricia la iglesia románica de San Miquel de Sacot y ondula luego suavemente hasta encaramarse, cumplidas dos horas y media, al volcán de Santa Margarida. En su cráter, de 330 metros de diámetro, hay un prado circular y, haciendo diana en el centro, una ermita románica. 

Para regresar al punto de partida, se ha de cruzar la carretera de Olot a Santa Pau y rodear por la base el volcán Croscat. Una herida en su cara norte recuerda que hasta 1991 sufrió el expolio a escala industrial de su magma solidificado: lapilli negruzco que, al oxidarse, exhibe unos fantásticos tonos rojizos. Es el mayor volcán de la Península —160 metros de altura— y el más joven, con dos erupciones hace 17.000 y 11.500 años. Parece mucho tiempo, pero los vulcanólogos advierten: no puede descartarse la posibilidad de que en el futuro se reanude 
la actividad.

 

Del paisaje a la mesa

Ocho restaurantes de la comarca cultivan la llamada cocina volcánica, la cual hace hincapié —o, más bien, hincadiente— en los productos de la tierra, como los nabos negros, el alforfón, el tomate de Montserrat, las alubias de Santa Pau o las patatas de la Vall d’en Bas. Estas últimas, cuanto más viejas son, cuanto más tiempo pasan enterradas, mejor saben. Un mesa repleta de viandas volcánicas es el final perfecto para un largo paseo entre cráteres, hayedos y templos románicos. Más información: www.cuinavolcanica.cat

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